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40 años de Comunidades Cristianas de Base.

El título no es mío, ni el reportaje tampoco, sino de Celia Naharro Salas redactora de 21, la antigua revista del Reinado Social, o «Revista cristiana de hoy» que con motivo de los 40 años de nuestras primeras bases de las CCP (1974) -que no del comienzo de las comunidades cristianas de Base-, ha hablado con un servidor y otros miembros de estas comunidades cristianas populares para hacer este -para nosotros- acertado informe que desde este blog, quiero compartir.

Ciertamente son y se saben minoritarias dentro de la Iglesia. El relevo no llega y los años van pasando, con la esperanza a cuestas de una Iglesia más pobre y despojada de poder que se mueva con los signos de los tiempos.

Pero su voz es firme, perseverante, clara y la oirás en la calle, junto al colectivo en lucha, junto a esa causa justa, junto al clamor de los últimos. Los cristianos de base, catapultando su fe desde la comunidad, siguen caminando en la lucha y la esperanza del Reino de Dios.

Se cumplen 40 años desde que las Comunidades Cristianas Populares (CCP) aprobasen su Proyecto de Bases Comunes de una Iglesia Popular, tras unos primeros años de vida junto a otras nacientes comunidades, que desde mediados de los años 60, en semejanza con las comunidades cristianas de base latinoamericanas (CEB) y alentados por el aire fresco del Concilio Vaticano II, buscaron vivir la fe en comunidad, intentando imitar el estilo de las primeras comunidades cristianas descritas en los Hechos de los Apóstoles.

“El Concilio Vaticano II se hace eco de lo que estaba siendo el movimiento de comunidades cristianas de base en América Latina, que divulgaban los grandes teólogos de la liberación y que empezaba también a nacer en España con pequeñas comunidades cristianas. Por eso se vivió el Concilio como un acicate.

Había que abrir las ventanas y las puertas de la Iglesia para que entrara el aire fresco”, explica Luis Ángel Aguilar Montero, miembro de la CCP El Olivo de Albacete y actual secretario del colectivo europeo de Comunidades Cristianas de Base.

El teólogo y sacerdote Evaristo Villar, implicado en la Iglesia de Base de Madrid desde sus inicios y miembro de la comunidad Santo Tomás de Aquino, sostiene que “el Concilio causó una especie de revolución copernicana, hacia el interior de la propia Iglesia y también hacia el exterior.

Por un lado, la constitución dogmática Lumen Gentium puso al Pueblo de Dios por delante de la jerarquía. Por otro, la constitución pastoral Gaudium et Spes colocó a la Iglesia en el mundo”.

Ese ambiente eclesial propició la aparición de las comunidades cristianas de base, pero también el clima social y político de aquel momento en España.

Javier Domínguez es uno de los más veteranos miembros de las CCP. A sus 85 años, este teólogo, ex jesuita y escritor, recuerda bien aquellos tiempos convulsos. “Yo era consiliario de la Vanguardia Obrera, movimiento llevado por los jesuitas.

Los Movimientos Apostólicos Obreros, sobre todo la HOAC, la JOC, el MCE y la VO, estábamos metidos hasta los ojos en la lucha de clases y en la lucha contra el franquismo. Entre tanto, iban surgiendo parroquias obreras, que se organizaban como comunidades parroquiales.

Los curas obreros, las religiosas que trabajaban en los barrios y las asambleas cristianas iban configurando un nuevo modelo de Iglesia… Cuando se hunde la VO fue cuando me uní a una comunidad de base, junto a otros compañeros. Somos en realidad, los restos de un naufragio”.

Coordinados y en red
Las comunidades vieron entonces la necesidad de coordinarse en un movimiento más organizado, a fin de que los brotes contestatarios y alternativos de los sacerdotes, religiosos y cristianos en general no se quedaran en meros actos testimoniales.

Así surgió el movimiento de Iglesia Popular, organizado a nivel local, de forma asamblearia y masiva, aunque no fue hasta 1974, con el proyecto de Bases Comunes, cuando se organizó a nivel del Estado. Y eEl grupo de comunidades cristianas de base que asumieron ese proyecto dio origen a las Comunidades Cristianas Populares.

Las CCP, que agrupan a unas 120 comunidades de entre 10 y 20 miembros cada una, son una parte muy importante de la Iglesia de Base en España, pero hay otras muchas comunidades de base en Murcia, Gijón, Madrid…

Todas ellas, junto a unos 40 colectivos como Mujeres y Teología, la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, Cristianos por el Socialismo, el Movimiento Pro Celibato Opcional (MOCEOP) o la Corriente Somos Iglesia entre otras, conforman la plataforma Redes Cristianas.

Identidad

Las comunidades de base se caracterizan por ser grupos pequeños de personas que se unen por su afinidad en la búsqueda de vivir la fe de un modo distinto y comunitario. Según explica Luis Ángel Aguilar, “en la comunidad el seguimiento de Jesús constituye la exigencia prioritaria que se vive desde esa triple opción por la Comunidad, como Cristianos/s y desde una opción por los Pobres, a la vez y de manera permanente.

“Nuestras comunidades son, además, igualitarias. No hay pastor ni ovejas sino cristianos con diversidad de carismas”, añade.

Juan Cejudo, cura casado miembro de MOCEOP, lleva desde los años 70 en las CCP. Cuenta a 21 que a finales de los 60 estuvo dos años al frente de una parroquia en Tarifa y allí fue donde sintió que la vida de parroquia le asfixiaba. “Necesitaba conectar más con la gente, estar cerca de la realidad de la calle.

Me acuerdo de leer a Santiago, cuando dice ‘y me afano trabajando con mis propias manos’. Aquello me sacudía por dentro. Por eso pedí al obispo trabajar de cura obrero y estuve en un taller de motos. Además buscaba una vida de comunidad más fraterna, en la que compartir todo y preocuparnos de los pobres. Así empecé en una comunidad de base”, asegura.

Para los cristianos de base la vivencia de la fe en común es una máxima. “Para mí es la mejor manera de vivir la fe y de sentirme iglesia. Me ayuda a ir avanzando y a ir rompiendo con esquemas del pasado o limitaciones personales que me dificultan ser más coherente con mis planteamientos.

La comunidad es un espacio en el que se intentan vivir los valores del evangelio”, dice Raquel Mallavibarrena, miembro de la Iglesia de base de Madrid. Esta profesora universitaria apunta hacia otra de las principales señas de identidad de las comunidades de base: “La comunidad además de construir iglesia local, aporta dinamismo, vivencia crítica y compromiso”.

Según las estadísticas que elaboran desde CCP, el 80% de los cristianos de base están comprometidos socialmente –o lo han estado-, trabajando en la construcción de un mundo mejor. “No puede ser de otra manera. La vivencia de la fe en comunidades me ha llevado durante toda mi vida a estar en la calle, con los últimos, con los que sufren.

El evangelio me empuja a transformar la realidad luchando por la justicia y a vivir de forma austera, compartiendo todo lo que tengo, porque no puedo estar junto a las víctimas del sistema y no hacerlo.

La realidad te toca, te sacude y te lleva a actuar”, explica Mari Carmen del Río, maestra jubilada de 73 años que ha pasado por varias comunidades de base de Madrid en los últimos 40 años.

Vidas “multi-militantes”

Partidos políticos, sindicatos, plataformas, ONG’s, asociaciones…

La mayoría de los miembros de las comunidades de base forman parte de varios colectivos a la vez y dedican al trabajo en ellos buena parte de su tiempo. Podemos decir que son “multi-militantes”.

Luis Ángel Aguilar ha sido durante años coordinador de IU en Albacete. Además pertenece a ATTAC, a la Plataforma contra la Militarización de Albacete, al 15-M, a Stop Desahucios, al Colectivo de Apoyo a las personas Inmigrantes…

“La fe y mi comunidad me han llevado a todos esos frentes de trabajo y lucha y me han dado la fuerza para no tirar la toalla y vivirlo con alegría.

Porque es verdad que estas realidades no siempre son lo gratificantes que parecieran, son lugares donde vas a tener sólo trabajo, pocas victorias y muchas veces incomprensión por parte de la sociedad”, explica.

Javier Domínguez fue cura obrero involucrado en la lucha contra el franquismo, consiliario de la VO y después de la HOAC en Alemania. Actualmente está involucrado con el Comité Oscar Romero de Solidaridad con América Latina y con el 15-M, “aunque no me siento yayoflauta sino uno más en la lucha contra los desahucios, los despidos, los eres y demás mandangas”.

Por su parte, Juan Cejudo enarbola –desde MOCEOP– la bandera del celibato opcional y pone cara a la realidad de los curas casados, “que somos los grandes apartados de la Iglesia, invisibles, desaparecidos, ninguneados”.

Hace unos años estuvo implicado en las reivindicaciones por el 0,7% y la abolición de la deuda externa a los Países del Sur, en la organización de los Foros Sociales y en los colectivos de ayuda al inmigrante. “Ahora estoy en el 15M, con el que me siento muy identificado.

Estamos apoyando en cada lucha de las que surgen en mi ciudad, Cádiz. Participamos en los plenos municipales, hacemos labor de concienciación en la calle y llevamos a cabo todo tipo de campañas”.

Si en tiempos de la dictadura los cristianos de base lucharon contra la represión y por las libertades, y más tarde estuvieron en las cárceles, con los inmigrantes o en las causas por la justicia con el Tercer Mundo, hoy su sitio está, en palabras de Aguilar, “en la defensa de los derechos fundamentales y en la denuncia radical y constante contra este capitalismo que es imposible que pueda coincidir con planteamientos evangélicos”.

La china en el zapato

La voz crítica de las comunidades de base no ha favorecido la cordialidad con la jerarquía eclesiástica. En ciertos momentos, de hecho, la confrontación ha sido muy fuerte.

Actualmente, y aunque sus comunicados y opiniones sobre todo lo que a la Iglesia y a la sociedad concierne no han cesado, el nivel de enfrentamiento se ha rebajado.

“Desde las CCP creo que acertamos cuando decidimos que no íbamos a hacer guerra al interior de la Iglesia. Viviríamos nuestra fe y que saliese el sol por dónde quisiera.

Seguimos siendo para muchos la china en el zapato y nos acusan de heterodoxos, de ir por nuestra cuenta, de rojos o de laxa moral… pero nos hemos centrado en nuestro humano y humilde seguimiento de Jesús y no necesitamos estar enzarzados en polémicas”, razona el secretario del colectivo europeo de Comunidades Cristianas de Base.

Al tiempo, defiende su ser Iglesia: “Lo mismo que en esta sociedad capitalista no tiras la toalla, cuando todo te viene en contra, cuando siempre eres una minoría o cuando no hay victorias, nosotros seguimos en la Iglesia. Dijo Chesterton cuando se convirtió al catolicismo que el mensaje -con sus 2.000 años- tiene más validez que los que lo transmiten y cómo lo hacen. Eso nos da fuerza”.

A pesar de todo y tras estos 40 años de historia, Evaristo Villar cree que las comunidades de base han aportado a la Iglesia un proyecto comunitario, una experiencia de comunión importante. “Como dice la Carta a los Gálatas, no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Esta es nuestra propuesta, una comunidad de iguales, de vida y de acción”, asegura.

Mallavibarrena considera asimismo que frente a una iglesia jerárquica con normas férreas y ausencia o escasez de participación, en las comunidades de base “es esencial el hecho mismo de la comunidad y los carismas y tareas que hay en ella, de manera que se tiene en cuenta el discernimiento de los fieles, abriéndose a la acción del Espíritu en ellas”. Esa es otra de sus grandes aportaciones a la Iglesia.

Y, por supuesto, lo ha sido y lo es su propuesta de fraternidad y solidaridad, su opción por los pobres. “Cuando yo empecé a ir a Vallecas, con sotana, la gente me miraba con odio y veía cómo cerraban las puertas y las ventanas para no verme. Ahora la Iglesia y los curas tienen otro sentido para el pueblo, gracias en parte a nosotros, que aportamos otra imagen de Iglesia”, dice Javier Domínguez.

Tanto Villar como Aguilar coinciden con él, destacando cómo los alejados de la Iglesia, los agnósticos, los ateos o las personas más beligerantes con la institución eclesial reconocen y valoran la labor de los cristianos de base. “Desde la humildad, es cierto que estamos colaborando en las mareas, contra los desahucios, en la defensa de lo público, contra los recortes…

Las comunidades cristianas de base y los movimientos apostólicos estamos mostrando otra cara de la Iglesia, la de los cristianos que vemos que nuestro lugar es el mundo, en el que la gente sufre, lucha y goza”, explica el teólogo, convencido de que el clamor y la denuncia de la Iglesia tiene que ser permanente en una sociedad que excluye a la inmensa mayoría de las personas.

Soñando otra Iglesia.

A principios de año el Papa Francisco envió un mensaje al XIII Encuentro de Comunidades Eclesiales de Base de Brasil animándoles a “vivir con renovado ardor los compromisos del Evangelio” y asegurando que las comunidades de base son un mecanismo que “permite al pueblo llegar a un conocimiento mayor de la palabra de Jesús, al compromiso social en nombre del Evangelio y a la educación en la fe”.

Esta mención expresa de Francisco, junto a los gestos y signos que está protagonizando desde que comenzara su Pontificado, ha revivido la esperanza en muchos cristianos de base. “Sus actitudes tienen mucho valor, pero nuestro optimismo no es total sino moderado, porque no sólo valen las palabras.

No obstante, hay una expectativa, no puede hacerlo todo de la noche a la mañana y tenemos que seguir orando, confiando en el Espíritu para que le ilumine. Y si Dios quiere, será”, dice Luis Ángel Aguilar.

Y es que en las comunidades sueñan cada día con otra Iglesia. “Una Iglesia más pobre, sin poder, más evangélica. Jesús es muy claro y nos dice que no llevemos alforjas, ni doble túnica, ni oro ni plata… ¿Cómo puede estar el dinero tan metido en la Iglesia?”, se pregunta Juan Cejudo.

“Una Iglesia que vuelva a su esencia, que transmita el mensaje liberador de Jesús, que incluya y no excluya, que trabaje codo con codo con los que buscan un mundo más justo”, dice Mallavibarrena. “Un cristianismo sin poder, laico, igualitario, de levadura en la masa y empeñado en la liberación. Iglesia en griego significa asamblea. Una Iglesia asamblearia en torno a Jesús de Nazaret.”, sueña Domínguez.

Futuro incierto.

La escasez de jóvenes en la Iglesia afecta también a las comunidades cristianas de base, cada vez más envejecidas. Cierto es que la cultura dominante no invita al compromiso y que la Iglesia es considerada por muchos jóvenes una institución anclada en el pasado. Aún con todo ello, desde las comunidades hacen autocrítica. Quizá no hayan hecho atractiva su opción a los ojos de la juventud, o, reflexiona Villar, “hayamos dejado un poco de lado la espiritualidad interior”.

Sin embargo, esta falta de relevo no resulta angustiosa. “Lo vivo sin traumas, como la cosa más normal del mundo. Las CCP durarán lo que duremos nosotros”, asegura con franqueza Javier Domínguez. “Puede que estemos prejubilándonos y que el último que llegue tenga que cerrar la puerta y apagar la luz, pese a que lo vivido ha sido una experiencia gozosa, que nos ha hecho crecer y evolucionar”, reflexiona Aguilar.

Desde las comunidades cristianas de base están convencidos de que otras formas de articular la fe, la vida cristiana y la lucha por un mundo mejor están por llegar. “Mis propios hijos y tantos y tantos jóvenes de los que nos hemos rodeado estos años son personas impresionantes de gran calidad humana, cristianos o no, que cambiarán el mundo”, argumenta segura Mari Carmen del Río.

Mientras llega ese momento, ellos seguirán intentando ser fermento y sal de la tierra, con voz fuerte ante las estructuras que oprimen en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad y con la mano extendida hacia un mundo que pide justicia.

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